Empatía, intercambio cultural y ayuda desde abajo.

Salvando los conciertos de Rock and roll contra la pobreza y las caravanas de solidaridad para el desarrollo, ayudar a los más necesitados ha venido vistiendo un carácter popular durante las últimas décadas. La ayuda al desarrollo supuso poner cara y rostro a lo que parecía ser la empatía de los más ricos hacia los más pobres. Todo apuntaba que habíamos hallado la evidencia del fracaso de los dirigentes de las naciones pobres y asumido la incapacidad de los líderes de los países ricos para frenar el sufrimiento de las masas populares. La soberanía de los estados naciones ya no se limita de controlar las fronteras y de ejercer la violencia. La administración de la vida y la muerte de pueblos es su nueva forma de gobernanza.

Por otro lado, la agudización de la avaricia del hombre, la volatilidad de los capitales especulativos y el extremismo de las teorías de suma cero que rigen las relaciones comerciales configuran los valores de un mundo huérfano de ética y sin puntos de referencia de lo justo. Conscientes de la crueldad del enemigo común, las personas sensibilizadas están tejiendo redes para crear un frente común contra la pobreza; una pobreza provocada por la violencia de los mercados que se alimenta de la administración de la muerte para el fomentar un modelo de cooperación al desarrollo ideado desde las instituciones internacionales.

Las acciones para mejorar la vida de las personas en los países económicamente pobres desde el prisma de la cooperación entre estados naciones se han estancado. Los cimentos de las teorías sobre cooperación económica al desarrollo están socavados, pues se han vuelto obsoletos, desfazados y contraproducentes. El aumento exponencial de las personas que padecen une desventaja y una discriminación en el acceso a la riqueza global por su condición de género, raza o religión es hoy una realidad. Dicha realidad es una de la consecuencia directa de la mentalidad depredadora de los Estados naciones.

Desde 2015, en África negra, cerca del 90% de las personas viven con menos de 1.5 euros por día y la cifra va cada vez en aumento. La principal causa de esta lacra se debe al hecho de que los estados se comportan como agentes privados, tutelados por los poderes financieros, para privar a una gran parte de la población mundial en benefició de una minoría. A esta minoría privilegiada, se le educa a espaldas de la realidad de la humanidad, se les enseña a acomodarse con las reglas, a aceptar el sufrimiento del otro, se les inhibe la capacidad de sentir empatía para el otro, el lejano extraño. Disfrazada de ayuda, la cooperación entre Estados se rige por unas estrategias estudiadas, planificadas y ejecutadas minuciosamente en nombre de una elección racional para la protección de un interés supuestamente nacional.

Debido al carácter depredador de los estados y la nefasta consecuencia que ello ha creado, este modelo de ayuda al desarrollo ha recibido muchas críticas. La economista Dambisa Moyo es una de las voces más críticas contra este modelo de Ayuda. En su libro “Aide fatal” (ayuda mortal), publicado en 2009, Moyo señala que la cooperación actual entre estados es un negocio encubierto promovido por un capital financiero y una supuesta filantropía que utiliza instituciones internacionales y redes corruptas para especular con la pobreza. Es un modelo de ayuda que crea dependencia de los que supuestamente reciben la ayuda, pero sobre todo mueve beneficios suculentos para los donantes. Moyo señala que la cooperación para el desarrollo entre estados ha fracasado debido, en parte, a la falta de responsabilidad y transparencia, la corrupción y la falta de singularidad del enfoque en los problemas prioritarios de los beneficiarios. Podemos añadir que la falta de empatía es la principal razón de este fracaso.

¿Podemos ayudar sin empatía? Es decir ¿puede haber reconocimiento de la condición humana del otro sin empatía? La empatía es un concepto acuñado para explicar la capacidad que los seres humanos desarrollamos para ponernos en lugar de la otra persona. La empatía es una habilidad psicológica que nos permite entender a las otras personas y a partir de ahí podemos establecer relaciones y crear vínculos humanos sin necesidad de juzgar. Gracias a la empatía podemos ofrecer nuestra ayuda a la otra persona sin importar su origen, su raza, sus creencias ni su procedencia. La ayuda, en base a la empatía, no viene condicionada por nuestro imaginario y está mucho menos subyugada a la alteridad. Ayudamos porque creemos que las otras personas merecen una vida digna como la nuestra. No importa si comparten la misma comunidad de vecinos con nosotros, si viven en el mismo bario que nosotros, si son de la misma condición social que nosotros; el mero hecho de reconocer su condición humana y nuestro deseo de establecer vínculos humanos es suficiente.

El filósofo Dareck Parfit ha identifica algunas de las teorías más sofisticadas sobre la ayuda entre los seres humanos. Por un lado, Parfit piensa que, para ayudar a mejorar la vida de las personas, no es suficiente proporcionándoles recursos ni basta con pretender ayudarles a aumentar su felicidad a través del consumo de bienes materiales e inmateriales. Ayudar a la otra persona implica respetar su autonomía, empoderándola e involucrándola en actividades que den valor y dignidad a su vida. Así es, la ayudar debe promover la independencia económica de las personas beneficiarias, sin pretender condicionar su forma de ser y estar en su entorno. Esta reflexión puede platearse como una justificación moral de la ayuda que debe contribuir a cementar la teoría de la justicia y ética global, principalmente la teoría de distribución de bienes primarios como la salud, la educación y los alimentos.

Para ayudar, entonces, es necesario tender puentes culturales entre pueblos y ampliar nuestro punto de mira sobre la ética global y la justicia distributiva. Hoy tenemos la oportunidad de contar con la presencia de personas procedentes de otros lugares del mundo donde el acceso a los bienes primarios está reservado a una minoría de privilegiados. Además, con la globalización, no podemos entender los cambios sociales, políticos y demográficos en de nuestras sociedades multiétnicas, sin prestar atención a la presencia de los otros tonos de piel, de los otros aromas de comida, de las estéticas desconocidas y de difícil interpretación desde nuestro canon. Cada una de estas presencias ha llegado a nuestras tierras gracias a personas con maleta cargada de ilusiones, de sueños, pero también de creencias, de culturas y de maneras de vivir la vida.

Entender las diferencias entre nuestras maneras de vivir y estar en el mundo forja nuestra capacidad de sentir empatía y contemplar las posibilidades de ayudar a las personas más necesitadas. Sin embargo, estamos sometidos a formas de interdependencia compleja donde no hace falta montar una caravana solidaria para ir a ayudar, donde no necesitamos ejércitos de voluntarios para ir “en guerra” contra la pobreza; basta con trabajar con las personas necesitadas desde el reconocimiento, el respecto y la empatía para aportar nuestro granito de arena para erradicación de la injusticia y la histórica discriminación. La empatía es el camino hacia la apertura de nuevos horizontes que nos ofrecen la posibilidad de vivir un “hogar-mundo” donde podemos acoger a todos y dar cabida, en nuestro corazón a todos los seres humanos. Por otra parte, la ayuda desde la empatía crea un “mundo-hogar” donde podemos escapar de nuestra cotidianidad y enriquecernos como seres humanos.

Saiba Bayo, fundador de la ONG FASSULO.

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